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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario

4/11/2023

 
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A Hegyi beszéd (Sermón de la Montaña), Károly Ferenczy (húngaro, 1896)
Este domingo, una vez más, Jesús sale a nuestro encuentro para hacernos volver la mirada a lo realmente importante: no a los títulos, a los altos rangos o puestos ni a la sabiduría humana, sino al centro del corazón, a la vida de Dios, a la identidad más verdadera de nuestra existencia: la de ser hijos en el Hijo.

Las lecturas de este domingo nos ayudan a situarnos en la vida desde lo que realmente somos: criaturas en manos del Creador. Este reconocimiento nos hace ser humildes, nos hace reconocer nuestra pequeñez, nuestra pobreza, y es desde ahí desde donde nos podemos hacer servidores de los demás.

En nuestro mundo, tenemos muchos ejemplos de altanería, de orgullo, de poder, que estamos viendo que no llevan a ninguna parte, solo al dolor, a la destrucción, a la guerra. Nosotros, como cristianos, como hijos en el Hijo, estamos llamados a cambiar este panorama de nuestra sociedad de la forma, quizás, más escondida, que es la del amor, de la paciencia, la del servicio.

Nuestro corazón, como dice el Salmo, no debe ser altanero ni esperar grandezas, que es lo que hablará Jesús en el Evangelio, sino que debe ser como el de un niño que espera, que descansa, que confía en las manos de su madre, sabiendo que de ahí solo puede venir algo bueno.

Esto es lo que también dice Pablo en su carta a los Tesalonicenses. Es precioso ver cómo se dirige a ellos con tanto cariño, con tanta delicadeza, haciéndoles volver al origen del encuentro con él y con sus discípulos, que no han sido las riquezas o el hecho de ser una persona importante en su momento, sino que ha sido el hecho de haberles anunciado el Evangelio, la Palabra de Dios, la cual, recibieron con los brazos abiertos, pues sabían que era una palabra de vida.

Esta Palabra es la que estamos nosotros también llamados a llevar a nuestro entorno, a nuestras relaciones, en nuestra comunidad. No es nuestra palabra la que se tiene que oír ni acoger, sino que es la Palabra de Dios, la palabra de vida. Y esta acogida solo será posible si tenemos este corazón sincero y humilde del que hablábamos antes, porque muchas veces nos llega de la persona que menos esperamos o en una situación que quizá no habíamos pensado. Tantas veces la Palabra nos sorprende y nos da la clave que necesitamos, la pista para continuar el camino, el agua para poder saciar nuestra sed.

Pero esto, como venimos diciendo, solo se puede acoger si estamos abiertos a esta gracia, si no damos por hecho que lo sabemos todo y como un niño, estamos abiertos a la sorpresa, nos dejamos tocar por la novedad que se esconde en la cotidianidad de la vida, en lo pequeño, en lo que nadie ve.

Y, para poder tener este corazón sencillo y humilde, Jesús nos da claves que son fundamentales en el pasaje del Evangelio que estamos comentado:

Nos dijo que no nos dejemos llamar maestros, pues uno solo es el Maestro, Él. Si queremos ser hijos en el Hijo, sigamos el ejemplo del mismo Jesús, que es el que nos puede enseñar de verdad a ser humildes, pequeños, a dejarnos sorprender, a confiar, a vivir la vida de la mano del Padre.

Nos invita a alzar la mirada al Padre: recordar nuestra filiación, hacernos de nuevo conscientes de que nuestra vida pertenece al Padre, depende del Padre. ¡No somos huérfanos! Vivir desde esta relación hace que la vida tenga otro color, otro sabor, otra melodía, hace que volvamos a la raíz de nuestra existencia.

Y, por último, la humildad, ser humildes, porque solo desde ahí seremos capaces de servir, de estar atentos a las necesidades de los demás, de estar disponibles en los quehaceres más cotidianos de la vida.

Este domingo, ya muy cerca del final de este año litúrgico, pidamos la gracia de estar abiertos al paso de Dios por nuestras vidas para poder así seguir las huellas de Jesús, caminar tras sus pasos y ser, de este modo, un reflejo de Jesús para aquellos que tenemos cerca y un faro de Su luz para los que están más lejos.
Lecturas
Mal 1, 14–2, 2. 8-10
1 Tes 2, 7-9. 13
Mt 23, 1-12

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    Mateo


    1, 18-24
    ​1, 29-39
    3, 1-12
    3, 13-17​
    ​4, 1-11
    4, 12-23
    5, 1-12a
    ​5, 13-16
    5, 38-48

    9, 36—10, 8
    10, 26-33

    11, 2-11
    11, 25-30
    ​
    13, 1-23

    13, 24-43
    ​
    ​13, 44-52
    14, 22-33
    15, 21-28

    ​17, 1-9
    17, 1-9
    18, 15-20
    18, 21-35
    21, 33-43
    22, 1-14
    ​22, 15-21
    24, 37-44
    25, 1-13

    Mt 25, 14-15. 19-21
    ​
    ​25, 31-46​
    27, 11-54

    28, 16-20

    Marcos


    1, 1-8
    1, 12-15
    ,1, 14-20
    1, 21-28
    1, 29-39
    ​
    ​1, 40-45
    ​
    4, 26-34
    5, 21-43
    6, 1-6
    6, 7-13
    6, 30-34

    7, 1-8a.14-15. 21-23
    8, 27-35
    9, 2-10
    9, 30-37
    12, 28-34
    12, 38-44

    13, 24-32
    ​13, 33-37

    14, 1-15,47
    14, 12-16. 22-26
    ​16, 15-20


    Lucas

    1,1-4; 4,14-21
    1, 26-38

    1, 39-56
    ​2, 13-21
    2, 16-21

    3, 1-6
    3, 15-16. 21-22
    4, 1-13
    ​4, 21-30
    5, 1-11
    ​6, 17. 20-26
    ​6, 27-38
    ​6, 39-45
    9, 11b-17
    10, 38-42
    ​10, 25-37
    ​11, 1-13
    12, 13-21
    12, 32-48
    ​12, 49-53
    ​13, 22-30
    14, 25-33
    ​15, 1-10
    16, 10-13
    16-19-31
    ​17, 5-10
    17, 11-19

    18, 1-8
    18, 9-14
    19, 1-10
    20, 27-38
    21, 25-28.34-36
    24, 35-48
    ​24, 46-53

    Juan

    Jn 1, 6-8. 19-28
    ​1, 29-34
    2, 1-11
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    ​3, 16-18
    ​
     4, 5-42
    6, 51-58
    6, 60-69
    8, 1-11
    ​9, 1-41
    10, 1-10
    10, 27-30
    ​​12, 20-33 
    ​13,31-33a. 34-35
    ​
    14, 1-12
    ​14, 15-21
    14, 23-29
    15, 1-8
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