Son muchos los motivos por los que un grupo de jóvenes se ha acercado estos días al monasterio: por invitación de otros jóvenes, por cariño a la Comunidad, porque “siento que tengo que ir”… Y al final, Sicar ha resultado ser un lugar de gracia en el que, de algún modo, en todos se ha dado un Encuentro. Durante cinco días Jesús nos ha bendecido a través de la paz, nos sigue bendiciendo y nos promete abundancia con su saludo cariñoso “Shalom”. Qué potencia tiene esta palabra. La paz con uno mismo, la paz con el hermano, con la creación. Incluso las lecturas en la Liturgia de las Horas recuerdan que la paz no es la mera ausencia de guerra, sino algo mucho más significativo y comprometedor: la paz es obra de la justicia, de la Justicia con mayúscula.
Nosotros mismos podemos ser testigos de paz en nuestra vida y para ello nos ayuda beber del agua que renueva, que purifica, hace renacer y llena de Vida y esperanza. Esperamos que este pequeño trozo de tierra sea para todos un lugar de Encuentro como lo ha sido durante el campo de trabajo. Que podamos venir a renovar nuestra agua y dejemos que brote el manantial que nos da la vida eterna. Una vez concluidos los trabajos de construcción, y acompañados por Cecilio, nuestro párroco, hemos bendecido esta fuente Sicar. Iniciamos el rito con la lectura del pasaje de la Samaritana (Jn 4, 5-30), para quien Sicar fue lugar de encuentro con Jesús, lugar donde escuchó al maestro decirle “Dame de beber”.
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