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La vidriera del rosetón en la entrada de nuestra Iglesia es un canto a la creación. Dios dijo y apareció la vida y sus colores y su armonía y se manifestó la comunión, la relación entre los seres. Todo estaba llamado a ser un universo, un dinamismo en unidad, donde unos dejan paso a los otros, donde la existencia de uno es la posibilidad de ser para los otros, donde los colores se entremezclan para alumbrar novedades insospechadas, donde es posible la dicha de la fraternidad. Cuando miramos el cielo estrellado, en la noche de este mundo —aquí en el Monasterio de la Conversión el cielo nocturno es un espectáculo— nos adentramos en este misterio de la creación. Las galaxias, las estrellas, su orden y respeto, su armonía y juego reglado... es un espacio privilegiado de nuestro cosmos herido donde aún quedan ecos fuertes de este proyecto original del mundo. En nuestra Iglesia de la de la Reconciliación la vidriera canta esta primera creación que apuntaba, esperaba, estaba abierta a Cristo, Aquél que ha hecho todas las cosas nuevas. Los comentarios están cerrados.
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