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Visitar el Monasterio de la Conversión siempre es un regalo. Está vez hemos ido con grupos de poscomunión, adolescentes y jóvenes de la parroquia. Es decir, en general todos conocen a la comunidad. Pese a ello, siempre hay algún "novato" que se sorprende al conocer a un grupo de hermanas capaces de transmitir de una forma tan sencilla la felicidad que supone poner a Jesús en el centro de la vida. Tuvimos tiempo para todo: para la oración y la Eucaristía, para jugar, para celebrar un par de cumpleaños, para dormir (aunque alguno no le dio a esta parte demasiadas horas) y para disfrutar de los amigos que venían de Madrid y de las que nos esperaban en el Monasterio. El evangelio de aquel domingo nos recordaba aquella vez en la Jesús pidió a unos simples pescadores que dejaran sus redes y lo siguieran. Un fin de semana desconectados de las redes de nuestros días nos ayudó, y mucho, a escuchar la Voz que llama en el silencio. Pulsa sobre la foto para ampliar
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