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El pasado 19 de septiembre se cumplían 25 años del inicio de mi vida consagrada. Ese día hice mis votos temporales. Y, con este motivo, la comunidad ha querido celebrar conmigo un día especial de alabanza, acción de gracias, comunión y fiesta que hemos compartido con mi familia, los laicos de la fraternidad y algunos amigos. El tiempo ha pasado rápido y, a la vez, siento detrás de mí toda una historia de muchos días, rostros, lugares, experiencias… y, en todo, como razón y fundamento, la llamada de Dios, su atracción, su fidelidad y amor sobre mí. A lo largo del verano he tratado de irme preparando interiormente para este momento. He hecho memoria agradecida, he rezado en esta perspectiva jubilar y encontraba tres claves para recoger este tiempo que comparto con vosotros: gracias, gracia y gracia tras gracia. “Gracias” porque vivo en la respuesta a un Amor recibido. El Señor me ha permitido vivir en la confianza de que Él me ha amado desde siempre, me ha bendecido, elegido, creado, llamado. Él se ha desvelado, ofrecido, ha derrochado su Amor en mí. Vivo en la sorpresa y alegría de saberme criatura, sostenida, cuidada por Dios. La precedencia del Padre, la compañía del Hijo, la intimidad del Espíritu son mi identidad. Esta certeza de su presencia conmigo, en mí, es la tierra por la que puedo caminar, correr, danzar sin miedo. “Gracia” porque ha sido fácil para mí reconocer que el modo que me correspondía, que yo tenía, según he sido hecha, para responder a tanto Amor era el camino de la consagración religiosa. Desde el día que esta vocación se alumbró en mí, al principio como una intuición y luego como un torrente, sentí una inmensa alegría interior, una identificación, un reconocimiento de que yo estaba hecha para ello. ¡Sí, yo le pertenecía a Dios en un sentido esponsal! Y, por eso, el camino, a pesar de que también ha tenido sus luchas, sombras y estrecheces, ha sido gracioso, sembrado de signos, pequeños regalos cotidianos, confirmaciones: “Gracia tras gracia”. Una de estas gracias importantes, importantísima, ha sido mi comunidad de la Conversión, cada hermana, las mayores que han caminado conmigo desde el inicio y todas, también las hijas que el Señor nos ha ido dando. Sin ellas no habría sido posible llegar hasta aquí y gracias a ellas puedo continuar. Soy hija de la gracia y, por eso, te doy gracias, Padre, porque has revelado todo esto a los que son pequeños como María. Así quiero vivir 25 años más y todos los que el Señor me conceda, hasta el cielo. Los comentarios están cerrados.
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