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Clara, Miguel, Lorenzo y Sol. Somos muy jóvenes, tenemos 15 y 17 años y, siendo sinceros, llegamos al albergue con mucha incertidumbre. ¿Qué nos íbamos a encontrar? ¿Cómo podríamos ayudar? Pero fue llegar allí y las dudas desaparecieron. Llegar al albergue es adentrarse en una ola de alegría en medio del cansancio, tanto de los peregrinos como de los que estamos allí para ayudar. Pero, a pesar de ello, todo el mundo intenta dar lo mejor de sí mismo y eso es, en parte, con lo que más nos quedamos. También estamos infinitamente agradecidos con las hermanas, ya que, a pesar de todas las cosas a las que tienen que estar atentas en el albergue, tienen tiempo para acogernos con delicadeza y un cariño indescriptible. Nos trataban muy bien y siempre estaban al tanto de lo que podíamos necesitar. Eso lo agradecemos infinitamente, ya que, sin ellas, esta experiencia no sería posible. Algo que podemos asegurar es que no nos esperábamos el buen grupo que hicimos los cuatro como hospitaleros. Desde la limpieza hasta la acogida, se creó un ambiente muy agradable para convivir. También contábamos con la confianza de las hermanas a la hora de acoger, y eso significó mucho para nosotros. El hecho de saber que confiaban algo tan grande en nosotros también nos animó no solo a dar todo lo que teníamos, sino incluso más. Y solo podemos decir: gracias. Las hermanas también nos dieron la oportunidad de poder entender el Camino desde otra perspectiva: la del peregrino. Con toda su ilusión, nos llevaron a Frómista en coche antes de Laudes, para que pudiéramos hacer una etapa de 20 km, de Frómista a Carrión. Luego, al volver, nos acogieron como peregrinos. Esta experiencia nos ayudó a vivir el resto de la semana como hospitaleros desde una perspectiva muy distinta. También algo que nos ayudó mucho durante esa semana fue tener a Dios tan cerca, ya fuera en la misa, en los rezos con las hermanas, en las formaciones o en los ratos de compartir. En nuestro día a día, quizá no tenemos tanto tiempo para dedicarle al Señor debido a los estudios, y esta semana también nos ha servido para reflexionar, acercarnos más a Él y descubrirlo de una manera nueva. Solo podemos traducir todo esto en una palabra: un regalo inmenso. Muchas gracias a Patricia, Gonzalo, María, Aisling, Charo, Ariana y Sofía por ser parte de esta experiencia tan bonita para nosotros. Ahora podemos decir con seguridad que, si el Señor quiere y es posible, allí estaremos para ayudar el año que viene, no con las mismas ganas, sino con más.
¡Ultreia! P. Gonzalo Tejerina Arias, O.S.A. Después de haber sido hospitalero unos cuantos años en distintos albergues en el Camino de Santiago y después de algún tiempo en que no estaba en esta labor, a mediados de este mes de agosto he vuelto a ella en el Albergue de Santa María de Carrión de los Condes que regentan las Hermanas Agustinas del Monasterio de la Conversión. Pocos días, cuatro y medio, suficientes, sin embargo, para reencontrarme con esta figura a mi entender entrañable del hospitalero en un albergue verdaderamente ejemplar en todos sus aspectos, donde, con la relación con los peregrinos, siempre lo más importante, da gusto colaborar en la limpieza diaria, la preparación de la comida y el fregado posterior, en ese momento singular que es el encuentro vespertino que organizan las Hermanas de presentación de los peregrinos y de canto en varias lenguas, para quien quiera asistir y al que acuden peregrinos de otros albergues de Carrión. Y al atardecer, la celebración de la Eucaristía, unidos a la comunidad cristiana de Carrión, con la bendición final que no puede faltar y a la que ya acude la práctica totalidad de los peregrinos alojados ese día en todos los albergues del lugar. En esos pocos días creo haber sido parte de la mejor hospitalidad en el Camino gracias a las Hermanas agustinas, acompañadas de un grupo de tres voluntarios mayores y otros cuatro jovencitos, un encanto en su espontaneidad y viveza. Con mi gratitud y reconocimiento, felicito a las 5 religiosas que dirigen el albergue y les digo, como ellas mismas enseñan y animan a los peregrinos cada tarde, en su espléndido servicio a la peregrinación jacobea Ultreia, suseia,
Deus adiuva nos!!!. Diana Aragoneses Quería estar más cerca del Señor y pensaba que las hermanas de algún modo me iban a poder ayudar. Dios me dio la gracia de plantarme en Carrión sin prejuicios y pudiendo dejarme llevar. Creo que esta actitud fue la hizo que pudiera recibir mucha gracia De Dios. Al pensarlo no es que hiciéramos cosas extraordinarias. La experiencia en sí que fue muy normal y cotidiana. Pero, Dios nunca se deja ganar en generosidad. Es dedicarle una semana y Él consigue hacer mucho en un alma. También, la semana estuvo llena de risas. Las hermanas son graciosas y divertidas y es fácil compartir esos días como si fueran amigas. Durante la semana, notaba que descansaba muy bien por eso de dejarme llevar (cosa que en la vida cotidiana me cuesta hacer). Estar con los peregrinos era siempre un momento muy alegre que disfrutaba mucho porque me encanta conocer a gente nueva. Además, me sorprendía que con poco cariño que les mostrases, lo agradecían mucho. De hecho, bastantes peregrinos después de estar hablando unos minutos me preguntaban el nombre y algunas otras cosas sobre mi estancia en el albergue. Fue el sábado al mediodía y el domingo por la mañana cuando me empezó a entrar mucha llorera. Me sorprendió mucho porque no había hecho nada diferente que en los demás días. Algo me había interpelado esos días y no sabía bien el qué. Me ha costado ir procesando todo porque al principio solo tenía emociones fuertes y no sabía concretarlas. No sabía y todavía sigo sin saber ni entender mucho de lo que me pasó. Pero, lo poco que se es que el Señor me ha enseñado y cambiado en mi muchas cosas que le pedía desde hace tiempo. Pensándolo me río porque nunca me hubiera imaginado que fuera de manera tan sutil, sin hacer nada. Dios ha actuado de manera completa en mi y le doy las gracias porque así me mantengo humilde. Como dice el Evangelio: “¿Quién, pues, podrá ser santo? Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible”. (Mt 19, 25-26) Fueron unos días muy bonitos y sobretodo yo describiría la experiencia como llena de gracia. Muchas gracias a todas las que estuvisteis esa semana porque fue muy especial. Haz clic aquí para editar. Bego Avilés El ritmo diario marcado por la liturgia, que ayuda a acompasar la respiración, a entrar dentro de nosotros a abrirnos al Señor, se convierte para los hospederos en el mayor regalo.
La presencia de las hermanos como signo vivo de evangelio, es como un faro que ilumina cada día en la acogida, en el encuentro musical y en la cena compartida. Almas heridas que descansan su peso en ellas, almas agradecidas por el cuidado, almas sorprendidas por descubrir una alegría diferente y un servicio desinteresado. Todo esto he vivido esta semana con las hermanas María, Aisling, Sofía, Ariana y Charo. Todo eso y mucho más hemos recibido los hospederos que íbamos a ayudar y hemos recibido a manos llenas. Gracias Clara, Diana, Patricia y John por estos días compartidos como hospederos. (…Y que decir del maravilloso eclipse y el picnic compartido…) ¡El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres!
Las hermanas, María, Sofía, Ariana, Charo y Aisling, nos han recibido a los cinco como parte de la comunidad, abriéndonos por entero su casa y también sus corazones. Este sentirme tan bien acogida, esperada y querida, ha sido clave para poder yo ser, para los peregrinos, esos brazos que acogen y esperan. El observar cómo cuidan con tanto cariño hasta el más mínimo detalle, cómo rezan y trabajan, las formaciones que nos han enseñado el sentido que tiene cada gesto, etc, me ha ido moldeando y abriendo a vivir la semana con toda su profundidad.
Me parece un privilegio haber podido conocer a tantos peregrinos y que hayan compartido con nosotros sus historias. Ha sido precioso poder ver la sed del hombre de hoy, que aún a veces sin saberlo busca a Dios, y poder rezar junto a las hermanas porque cada uno de ellos se encuentre con Él en el camino, o a lo largo de su vida, que al final es camino. Ver las caras emocionadas en la bendición o durante el encuentro musical, o escuchar el motivo que ha animado a hacer el camino de algún peregrino que parecía más apagado o indiferente en un primer momento, me ha enseñado a no juzgar ni a etiquetar, a tener una mirada limpia, como la del Señor, que ve lo profundo del corazón de cada uno. He podido ver algo de Jesús en cada una de las hermanas y de los hospitaleros, lo que me ha recordado que yo también estoy llamada a “ser Jesús” para los demás. Así como que los demás sean Jesús para mi, como han sido los peregrinos, pues cada vaso de agua servido, cada cama limpiada y cada sonrisa de bienvenida, en verdad, han sido para Dios. Y esto espero llevármelo siempre en el corazón, y aplicarlo en mi día a día. Pues como bien dice la canción, he entendido que “servir es reinar, es amar”. Ojalá poder ser una flecha amarilla, como lo son las hermanas, que apunte al Cielo, y una estrella que lleve al otro al Amor De Dios. Y si Dios quiere, espero poder repetir el año que viene!! Sofía Ríos, agosto 2026
En el Camino de Santiago uno se encuentra con muchos hospitaleros voluntarios y no voluntarios en diferentes albergues. Gente que viene de todo el mundo para que el Camino siga siendo posible. Sin embargo, después de unos días andando como peregrina, puedo decir que no todo el mundo acoge con la humildad, la libertad y el calor de las hermanas agustinas y los demás hospitaleros de Carrión.
Y eso solo es ocurre cuando una toma consciencia que lo que está haciendo es vivir el Evangelio. Como dijo Jesús, «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.» (Mateo 25:40) Amy Ser voluntario en el Albergue Santa María, en Carrión de los Condes (España), me inspiró de maneras que jamás habría imaginado. Llegué sin saber del todo qué me depararán los días, con la única certeza de que quería entregar una parte de mí a los peregrinos que recorrían el Camino de Santiago. Sin embargo, lo que encontré fue un lugar que me dio mucho más de lo que yo alguna vez pude ofrecer. La llegada
Desde el momento en que crucé sus puertas me sentí acogido, no solo por las Hermanas Agustinas de la Conversión, que dirigen el albergue, sino también por el espíritu mismo del lugar. Había una serenidad especial entre los muros de piedra de la capilla, donde rezábamos Laudes y Vísperas, y una calidez en las hermanas que me hizo comprender que aquel no sería simplemente un lugar donde hacer voluntariado, sino un lugar donde crecer y dejarme transformar. Recuerdo dejar mi mochila en la habitación donde dormiría, escuchar el murmullo de distintos idiomas mientras los peregrinos se acomodan en sus literas para pasar la noche y sentir, por primera vez en mucho tiempo, que estaba exactamente donde debía estar. El ritmo de los días La vida en el albergue seguía un ritmo propio, marcado menos por el reloj que por las necesidades de los peregrinosque iban llegando y por la serena disciplina de las hermanas mientras nos preparábamos para recibirlos. Las mañanas comenzaban temprano, con la oración y el desayuno. La limpieza diaria terminó convirtiéndose en una forma de meditación: cambiar y lavar toda la ropa de cama, barrer y fregar cada rincón, desinfectar todas las superficies que habían estado en contacto con las personas y dejar la cocina impecable, preparada para la siguiente oleada de caminantes cansados y cubiertos de polvo que comenzaban a hacer cola frente a la puerta, esperando con ilusión la apertura del albergue al mediodía. A partir de ese momento, el albergue empezaba a llenarse de peregrinos: algunos llegaban cojeando, con los pies cubiertos de ampollas; otros entraban casi bailando, llenos de alegría por haber completado una etapa más del Camino. A los voluntarios se nos decía que debíamos ver el rostro de Dios en cada peregrino y, al mismo tiempo, ser el rostro de Dios al darles la bienvenida. Aprendí a reconocer tanto el agotamiento como la felicidad en quienes llegaban; a saber cuándo alguien necesitaba simplemente un rincón tranquilo donde descansar y cuándo lo que más necesitaba era que alguien le dedicara unos minutos para escucharle. Rezar y cantar con las hermanas Algunos de los recuerdos más entrañables de mi estancia fueron las horas compartidas en oración con las hermanas y los momentos de acogida y canto junto a peregrinos llegados de todos los rincones del mundo. Sus voces llenaban el ambiente de una manera que las palabras difícilmente pueden describir. Cantábamos himnos sencillos en español, francés, alemán, coreano o inglés, unidos en una armonía antigua e imperfecta que, precisamente por eso, resultaba profundamente hermosa. En esos momentos, las barreras del idioma parecían desvanecerse. El canto se convertía en una forma de acogida y, al mismo tiempo, en una forma de oración. Las hermanas rezaban con una naturalidad y una entrega que fueron transformando silenciosamente mi manera de vivir la fe. No rezaban para ser vistas ni para impresionar a nadie; la oración estaba sencillamente entretejida en el tejido de su vida cotidiana, tan natural como respirar. Sentado junto a ellas en la pequeña capilla, empecé a comprender que la oración no sucedía únicamente entre aquellas paredes. También estaba presente en la cocina, en los pasillos y en la puerta del albergue, cada vez que recibíamos al siguiente peregrino cansado. Las tardes y la bendición del peregrino Cada jornada terminaba con la celebración de la Santa Misa, seguida de la entrañable bendición del peregrino, un momento que ponía el broche de oro a un día lleno de gracia. Había algo profundamente conmovedor en contemplar a peregrinos de toda condición—creyentes, escépticos o simplemente curiosos— reunirse para recibir aquella bendición antes de continuar su camino a la mañana siguiente. Las palabras de las hermanas eran un deseo de protección, fortaleza y esperanza para el camino que aún les esperaba. Vi a hombres adultos enjugarse las lágrimas. Vi a completos desconocidos buscarse las manos en silencio, sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Las cenas se compartían alrededor de largas mesas comunes, donde los platos pasaban de mano en mano entre personas que apenas unas horas antes eran extrañas entre sí. La comida era sencilla, pero la compañía la convertía en un auténtico banquete. Fue durante aquellas tardes cuando comprendí con mayor claridad por qué este servicio era tan importante. No por lo que yo hubiera hecho, sino por lo que aquella bendición significaba para cada persona que retomaba su peregrinación al día siguiente. Lo que este servicio me enseñó Entre los momentos de silencio en la oración y las intensas mañanas dedicadas a la limpieza, comprendí una y otra vez que servir va mucho más allá de realizar tareas. Servir es hacerse presente, ofrecer compasión y regalar esperanza. Barrer un suelo podía convertirse en un acto de amor cuando se hacía con el corazón dispuesto. Rellenar por vigésima vez un vaso de té era también una forma de dar la bienvenida. Ninguna de esas acciones necesitaba ser extraordinaria para tener valor; bastaba con ofrecerlas con generosidad y libertad. Amar gratuitamente Esa expresión volvía una y otra vez a mi corazón durante mi estancia, de manera silenciosa pero constante, como si las propias hermanas me la estuvieran enseñando sin necesidad de pronunciarla. Ellas entregaban sus días, su voz, su atención y sus oraciones a personas que, en menos de veinticuatro horas, continuarían su camino y probablemente no volverían a verlas. Y lo hacían sin esperar agradecimientos ni reconocimiento alguno. Al observarlas, empecé a comprender que esta forma de amar no pierde valor por ser breve. Al contrario, se vuelve más pura precisamente porque no espera nada a cambio. Los peregrinos parten con la certeza de que las hermanas seguirán rezando por ellos. Se marchan sabiendo que serán recordados y, sobre todo, que su vida importa. Partir transformado Dejé el Albergue Santa María con el corazón lleno de gratitud, renovado y mucho más atento a las necesidades de los demás de lo que era cuando llegué. El ejemplo de las hermanas —su paciencia, su alegría y su entrega serena, sin prisas— permaneció conmigo mucho después de hacer la mochila y regresar a casa. Esta experiencia me enseñó que la bondad, cuando se ofrece de manera constante y sin condiciones, puede convertirse en una forma de oración. No es algo reservado únicamente a las capillas o a los momentos de silencio, sino una realidad que se hace vida al barrer un suelo, al entonar un himno o al abrir la puerta para recibir con una sonrisa a quien llega cansado tras una larga jornada de camino. El Albergue Santa María me enseñó que el servicio no consiste en hacer grandes cosas, sino en hacer las cosas sencillas con un amor auténtico. Allí comprendí que la hospitalidad cristiana no es solo ofrecer una cama o un plato de comida; es recordar a cada peregrino, aunque solo sea por una noche, que es visto, acogido y amado. Al marcharme, llevaba conmigo mucho más que recuerdos. Me llevaba a una forma nueva de entender la fe: una fe hecha de gestos cotidianos, de manos dispuestas a servir, de voces unidas en la oración y de un amor entregado con libertad, sin esperar recompensa. Y quizás ese sea el mayor regalo que recibí durante mi tiempo allí: descubrir que, cuando el amor se ofrece gratuitamente, deja una huella que continúa acompañándonos mucho después de haber seguido nuestro propio camino. Miguel y Ana Como padres, quisimos acompañarla en su discernimiento, conocer quiénes eran, cómo vivían y cuál era la misión a la que Dios la invitaba.
Lo que descubrimos nos sorprendió gratamente. Encontramos una comunidad alegre, sencilla y profundamente enamorada de Cristo. Unas hermanas que viven la vida contemplativa con las puertas abiertas al mundo, presentes en distintos lugares y misiones, pero de un modo muy especial en el Camino de Santiago, a través del albergue de peregrinos de Santa María de Carrión de los Condes. A medida que fuimos conociendo su carisma, también descubrimos la belleza de la hospitalidad que las hermanas ofrecen a los peregrinos del Camino de Santiago. Aquella forma de acoger, tan sencilla y tan profundamente evangélica, nos atrajo desde el primer momento. Cuando supimos que existía la posibilidad de colaborar como hospitaleros voluntarios en Carrión, no tuvimos que pensarlo demasiado: dijimos enseguida «¡vamos!». Desde que éramos novios, cuando participamos juntos en un curso sobre el Camino de Santiago, aquella experiencia nos había atraído, pero siempre encontraba un motivo para esperar. Sentimos que, por fin, había llegado el momento. Poco antes de incorporarnos al albergue tuvimos la oportunidad de participar en el Encuentro Jubilar celebrado en el monasterio. Aquellos días nos ayudaron a comprender mucho mejor el espíritu y el carisma de la comunidad y fueron una magnífica preparación para la misión que ya habíamos decidido comenzar. Al día siguiente de finalizar el encuentro nos trasladamos a Carrión para iniciar nuestro servicio como hospitaleros. Poco a poco fuimos comprendiendo que aquel albergue era mucho más que un lugar donde dormir. Allí se ofrece descanso al cuerpo, pero también al corazón. Cada peregrino es recibido como una persona única, con su historia, sus alegrías, sus heridas y sus preguntas. Nadie es juzgado. Nadie tiene que demostrar nada, simplemente es acogido. Después de vivir esta primera experiencia decidimos volver, lo que dice todo sobre cómo de positiva fue. Para nosotros se ha convertido en uno de los momentos más bonitos y enriquecedores que vivimos cada año. Ser hospitalero no consiste únicamente en entregar una cama o explicar dónde están las duchas. Significa aprender a mirar a cada peregrino con los ojos de Cristo. Significa recibir con una sonrisa al que llega cansado después de caminar muchos kilómetros, escuchar al que necesita hablar y respetar al que prefiere guardar silencio. En el Camino de Santiago se encuentran personas de todas las edades, nacionalidades, culturas y creencias. Algunos caminan por motivos religiosos; otros buscan un tiempo de reflexión; otros simplemente disfrutan del deporte o del patrimonio. Sin embargo, el Camino tiene algo especial: poco a poco va desarmando a las personas. El cansancio, la convivencia y la sencillez hacen que muchos terminen compartiendo aspectos muy profundos de su vida. Hemos escuchado historias de sufrimiento, de enfermedad, de pérdidas familiares, de reconciliación y también de esperanza y gratitud. Cada peregrino lleva una mochila mucho más pesada que la que carga sobre los hombros. Nos impresiona especialmente la forma en que las hermanas viven la hospitalidad. Nunca fuerzan a nadie. No preguntan de dónde viene su fe ni si tienen fe. Acogen a todos por igual. Su manera de evangelizar no comienza con discursos, sino con una sonrisa, una mirada, una escucha atenta y un servicio realizado con cariño. Después, quien lo desea participa libremente en la oración, en la Eucaristía o en el encuentro de la tarde. Uno de los momentos más emblemático y esperado de cada jornada es precisamente el “encuentro musical”. Peregrinos de muchos países comparten el motivo por el que están caminando. Aunque hablen idiomas diferentes, todos entienden el lenguaje de la verdad cuando alguien abre su corazón. Después llega la celebración de la Eucaristía y, al terminar, con la bendición universal, las hermanas entregan a cada peregrino una pequeña estrella. Es un gesto sencillo, pero lleno de significado: recuerda la luz que cada mañana al comenzar les guía y quiere decirle a cada uno que Dios también sigue iluminando su camino hacia Santiago. La cena compartida pone el broche al día. Alrededor de la mesa desaparecen las diferencias. Se crean amistades, se comparten risas y mucho de la vida de cada uno. Al día siguiente todos continúan su peregrinación, pero se marchan sabiendo que en el Albergue de Santa María, con las hermanas y los hospitaleros, han encontrado un hogar. Nosotros llegamos pensando que íbamos a ayudar a los peregrinos. Sin embargo, con el paso del tiempo hemos descubierto que somos nosotros quienes regresamos a casa más enriquecidos. Cada semana en el albergue nos recuerda el regalo que es poder recibir, acompañar, ayudar y rezar por tantos peregrinos cada día. Como padres, compartir el carisma, la misión y la vida cotidiana con las hermanas nos ayuda a comprender mejor el camino que nuestra hija ha abrazado y nos permite sentirnos, de algún modo, un poco más cerca de ella y de la comunidad agustina a la que pertenece. Y, curiosamente, en estas dos ocasiones en las que hemos sido hospitaleros en Carrión, todavía no hemos coincidido con Clara, nuestra hija. Algunos nos preguntan si no nos da pena, pero la verdad es que no demasiado. Son experiencias diferentes. De momento, está bien que sea así y dejar que Dios siga escribiendo la historia, como hasta ahora lo está haciendo. ¡Ultreia et Suseia! «Grande eres señor y digno de alabanza; grande es tu poder y tu sabiduría no tiene medida»31/8/2025
Fr. Juan Manuel Soria (profeso de la OSA).
Hace poco más de un año quise participar de la experiencia, pero, por diversas circunstancias, no pude hacerla. Este año, luego de las actividades de verano que la provincia San Juan de Sahagún nos propone a los profesos agustinos para poder acompañar, surgió la posibilidad de, al fin, ir a Carrión a colaborar con las hermanas -a las que les tengo mucho cariño y creo en que Dios ha puesto en mi camino como una bendición desde que las conocí durante mi Noviciado en Lima, Perú-, lo que significó una gran alegría, pero a la vez tenía un poco de temor, ya que me preguntaba si iba a poder con lo que mi imaginación me sugería sobre lo que significaba “acoger” en este albergue (aunque no tenía mucha idea en qué consistía ello él).
Al llegar, junto con Gonzalo, uno de mis hermanos a quien invité a último momento y se apuntó, me llenó de consuelo el modo con el que las hermanas nos recibieron: ¡Qué alegría tener a nuestros hermanos y qué ilusión poder compartir esta misión juntos!, palabras que fueron acompañadas de un abrazo que expresaba mucho más de lo que decían. P. Juanlu, Guille, Sneider, Iván, la pequeña y maravillosa Clara, Antonio y Andrea: ellos, voluntarios también, fueron nuestra comunidad esos días. Cada uno con sus habilidades y dones, fuimos aprendiendo cómo es acoger peregrinos, pero antes aprendimos a acogernos y a trabajar juntos. Las hermanas con paciencia nos fueron acompañando y ayudando a, simplemente, abrir el corazón, porque ser hospitalario en el Albergue Santa María del Camino, es tener el corazón abierto y atento para dar un vaso de agua o para cargar una mochila, para limpiar una cama (o muchas), para lavar un plato (aquí sí que vale el “muchos”) o un baño, para cocinar una sopa o degustar un plato típico italiano, francés o de cualquier parte del mundo, pues así es el camino. Además, a tener el corazón abierto para dar una palabra de aliento, de ánimo, o escuchar una historia, aunque los idiomas sean tan diversos. En un primer momento, mi limitación con los idiomas me generaba un poco de impaciencia, pues, aunque en algunos casos lograba comprender, no alcanzaba la fluidez que se requería, pero fui descubriendo que el idioma que necesitaba aprender era el del servicio, lo que hacía que las palabras fueran secundarias. Además, se requería aprender a confiar en el otro, lo que me permitió experimentar aquello de que «A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho de la comunidad» y «muchos son los miembros, más uno el cuerpo». Como ya he mencionado, muchos fueron los peregrinos, las palabras y los rostros, tantos los motivos por los decidían ponerse en camino, pero el deseo era común: llegar a la meta. Aunque algunos descubrían que el fin ya no era únicamente geográfico, sino que en su corazón cada caminante descubría que encontrarse consigo mismo y hallar respuestas a tantas preguntas, esa era la meta original, la menos pensada, la que el camino alumbraba. Así fue como me hice consciente de que mi presencia allí no significaba más de lo que la presencia de cada peregrino comenzaba a significar para mí, pues en este albergue he logrado entender aquello que nuestro padre san Agustín nos enseña: «has hallado al peregrino que, aún en camino, suspira por la patria. Únete a él, es tu compañero, corre a su lado, siempre que también tú seas eso mismo». Si bien hay mucho para compartir, pues siento que regresé a casa con muchas respuestas que nuestro Padre generosamente me ha ido dando y con muchas preguntas que me devuelven el sentido de mi “ser peregrino”, quiero terminar compartiendo algunas de las gracias recibidas en estos días. Se me ha concedido redescubrir -junto a mis hermanas de la Orden- el sentido de ese «Cor Unum in Deum» al que los agustinos estamos llamados, porque ellas se saben instrumento de Dios en el camino y tratan de ser fiel a esa vocación. Se me ha dado comprender que, en su sabiduría, Dios ordena todo para dar en el tiempo justo y en la medida justa, pero que siempre debo estar atento, llamando y buscando, «Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». He recibido más de lo que he dado, pues el deseo de dar lo mejor crecía al ver cómo Dios me invitaba a recibir, a acogerlo en los hermanos, a salir de mí y a volver cada vez, pues me regaló la certeza de que ser peregrino es confirmar que «nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.» Quiero agradecer a Dios por todo esto, por su gran ternura y por los instrumentos de los que se valió para concederme estas y más gracias: a nuestras hermanas agustinas del Monasterio de la Conversión por su gran testimonio de vida agustiniana; a mis hermanos y superiores que me concedieron el tiempo necesario para poder estar en Cerrión, especialmente a Fr. José Luis del Valle, prior del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, quien se generó el tiempo para acompañarme con generosidad y de tan cerca esos días; y más aún por los demás voluntarios que compartieron sus vidas con tanta alegría. Simplemente y de corazón ¡muchas gracias! Un consejo para quienes lean esto: recuerden que somos peregrinos, no estamos solos en el camino -aunque cada uno tiene su ritmo y sus pasos que dar- somos compañeros, somos comunidad, y, en el albergue Santa María del Camino o en los albergues que se nos aparecen en los caminos de la vida, siempre habrá un lugar donde ser acogido o donde aprender a acoger, porque siempre hay hermanos que te están esperando. No sabía que íbamos a compartir el voluntariado con nuestras hermanas y con un sacerdote. Lo cual fue una linda sorpresa y muy enriquecedor. Sentí tranquilidad desde el primer día porque las hermanas nos explicaron con paciencia las tareas que debíamos hacer, y teníamos un día de practica antes que se fueran, también tener un sacerdote en el grupo con experiencia en Carrión transmitió tranquilidad. Cuando se fueron las hermanas, fue muy providencial encontrar un grupo que se complementaba, algunos manejaban el inglés, otros tocábamos instrumentos, en la cocina, etc.
La información que me dieron para leer me ayudo a ver con más claridad el sentido de todo lo que hacíamos en el día, sentí que dar de beber a cada peregrino sediento con un vaso de agua o té y dar un techo al que no tiene, es evangélico. Era consciente de que servir a ellos era servir a Cristo. Por eso disfrute muchísimo los momentos de inscripción donde podía hablar con ellos y en las cenas compartidas, algunas charlas eran divertidas, otras más profundas, algunos me contaban por qué hacían el camino, otros que buscaban respuestas, y no sabían qué hacer con sus vidas, también una situación con inquietud vocacional a la vida religiosa, etc. Muchas veces no era necesario buscar el encuentro, ellos eran los que venían hablarme, debido al habito que lo llevábamos puesto. No saber por el momento Ingles me limito, pero no del todo, porque usaba el traductor y el italiano no era tan difícil de entender. O me ubicaba cerca de alguien que sabía inglés y español, entonces traducía lo que me querían decir o lo que necesitaba decir. También disfrute los mementos donde no había tanto ingreso de peregrinos para conocer la realidad de los voluntarios. En los momentos de limpieza también se daban buenas charlas. En el compartir musical me parecía un momento en el que muchos peregrinos se encontraban muy emocionados y algunos con ganas de abrir su corazón y contar el porqué hacían el camino. Disfruté la comunión que se generaba en esos momentos. Me encantó la bendición del peregrino y la entrega de estrellas porque a los peregrinos se los observaba muy emocionados, hasta me contagiaban. Compartir con mis hermanas fue muy especial porque nunca había estado en una misión con ellas, fue enriquecedor conocer su historia vocacional, compartir nuestras preocupaciones de la Orden, ideas a realizar, las risas, el rezar y el cantar juntos, conocer en más profundidad nuestras maneras de vivir en los monasterios. Pude experimentar la riqueza de la vida fraterna y el carisma agustiniano. Hicimos comunidad. Me da la esperanza de que los agustinos y las agustinas podemos trabajar juntos y dar muchísimos frutos. Me llevo la imagen del gran esfuerzo y dedicación con que muchas personas viven su vida religiosa, aun teniendo múltiples responsabilidades. Esto me inspira a salir de mi zona de comodidad y a asumir con mayor compromiso mi propio proceso personal como agustino. Esta experiencia me motiva profundamente en mi camino de conversión diaria. Agradecido a Dios y a ustedes por todo el cariño y las oraciones que hacen por nosotros. Abrazos y que el Señor las Bendiga. Mil gracias. |
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