Monasterio de la Conversión
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«Grande eres señor y digno de alabanza; grande es tu poder y tu sabiduría no tiene medida»

31/8/2025

 

Fr. Juan Manuel Soria (profeso de la OSA).

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​Elijo comenzar así este compartir de lo que fue la experiencia de hospitalero en el albergue para peregrinos en el camino de Santiago que llevan como misión las hermanas agustinas, pues, cada día, al final de la jornada, en esas pequeñas comunidades que se formaron en las dos semanas que compartimos, podíamos hacer eco de estos versículos de los salmos con los que San Agustín comienza sus Confesiones, alabando y agradeciendo por tanta bondad y por la gracia que significó cada momento, cada rostro y cada palabra, sobre todo al descubrir que era Su palabra la que hablaba
​Hace poco más de un año quise participar de la experiencia, pero, por diversas circunstancias, no pude hacerla. Este año, luego de las actividades de verano que la provincia San Juan de Sahagún nos propone a los profesos agustinos para poder acompañar, surgió la posibilidad de, al fin, ir a Carrión a colaborar con las hermanas -a las que les tengo mucho cariño y creo en que Dios ha puesto en mi camino como una bendición desde que las conocí durante mi Noviciado en Lima, Perú-, lo que significó una gran alegría, pero a la vez tenía un poco de temor, ya que me preguntaba si iba a poder con lo que mi imaginación me sugería sobre lo que significaba “acoger” en este albergue (aunque no tenía mucha idea en qué consistía ello él).

​Al llegar, junto con Gonzalo, uno de mis hermanos a quien invité a último momento y se apuntó, me llenó de consuelo el modo con el que las hermanas nos recibieron: ¡Qué alegría tener a nuestros hermanos y qué ilusión poder compartir esta misión juntos!, palabras que fueron acompañadas de un abrazo que expresaba mucho más de lo que decían.
P. Juanlu, Guille, Sneider, Iván, la pequeña y maravillosa Clara, Antonio y Andrea: ellos, voluntarios también, fueron nuestra comunidad esos días. Cada uno con sus habilidades y dones, fuimos aprendiendo cómo es acoger peregrinos, pero antes aprendimos a acogernos y a trabajar juntos. 

Las hermanas con paciencia nos fueron acompañando y ayudando a, simplemente, abrir el corazón, porque ser hospitalario en el Albergue Santa María del Camino, es tener el corazón abierto y atento para dar un vaso de agua o para cargar una mochila, para limpiar una cama (o muchas), para lavar un plato (aquí sí que vale el “muchos”) o un baño, para cocinar una sopa o degustar un plato típico italiano, francés o de cualquier parte del mundo, pues así es el camino. Además, a tener el corazón abierto para dar una palabra de aliento, de ánimo, o escuchar una historia, aunque los idiomas sean tan diversos.

En un primer momento, mi limitación con los idiomas me generaba un poco de impaciencia, pues, aunque en algunos casos lograba comprender, no alcanzaba la fluidez que se requería, pero fui descubriendo que el idioma que necesitaba aprender era el del servicio, lo que hacía que las palabras fueran secundarias. Además, se requería aprender a confiar en el otro, lo que me permitió experimentar aquello de que «A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho de la comunidad» y «muchos son los miembros, más uno el cuerpo».

Como ya he mencionado, muchos fueron los peregrinos, las palabras y los rostros, tantos los motivos por los decidían ponerse en camino, pero el deseo era común: llegar a la meta. Aunque algunos descubrían que el fin ya no era únicamente geográfico, sino que en su corazón cada caminante descubría que encontrarse consigo mismo y hallar respuestas a tantas preguntas, esa era la meta original, la menos pensada, la que el camino alumbraba.

Así fue como me hice consciente de que mi presencia allí no significaba más de lo que la presencia de cada peregrino comenzaba a significar para mí, pues en este albergue he logrado entender aquello que nuestro padre san Agustín nos enseña: «has hallado al peregrino que, aún en camino, suspira por la patria. Únete a él, es tu compañero, corre a su lado, siempre que también tú seas eso mismo».

Si bien hay mucho para compartir, pues siento que regresé a casa con muchas respuestas que nuestro Padre generosamente me ha ido dando y con muchas preguntas que me devuelven el sentido de mi “ser peregrino”, quiero terminar compartiendo algunas de las gracias recibidas en estos días.

Se me ha concedido redescubrir -junto a mis hermanas de la Orden- el sentido de ese «Cor Unum in Deum» al que los agustinos estamos llamados, porque ellas se saben instrumento de Dios en el camino y tratan de ser fiel a esa vocación. Se me ha dado comprender que, en su sabiduría, Dios ordena todo para dar en el tiempo justo y en la medida justa, pero que siempre debo estar atento, llamando y buscando, «Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». He recibido más de lo que he dado, pues el deseo de dar lo mejor crecía al ver cómo Dios me invitaba a recibir, a acogerlo en los hermanos, a salir de mí y a volver cada vez, pues me regaló la certeza de que ser peregrino es confirmar que «nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.»

Quiero agradecer a Dios por todo esto, por su gran ternura y por los instrumentos de los que se valió para concederme estas y más gracias: a nuestras hermanas agustinas del Monasterio de la Conversión por su gran testimonio de vida agustiniana; a mis hermanos y superiores que me concedieron el tiempo necesario para poder estar en Cerrión, especialmente a Fr. José Luis del Valle, prior del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, quien se generó el tiempo para acompañarme con generosidad y de tan cerca esos días; y más aún por los demás voluntarios que compartieron sus vidas con tanta alegría.
​
Simplemente y de corazón ¡muchas gracias!
​
Un consejo para quienes lean esto: recuerden que somos peregrinos, no estamos solos en el camino -aunque cada uno tiene su ritmo y sus pasos que dar- somos compañeros, somos comunidad, y, en el albergue Santa María del Camino o en los albergues que se nos aparecen en los caminos de la vida, siempre habrá un lugar donde ser acogido o donde aprender a acoger, porque siempre hay hermanos que te están esperando.

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