Una oración que celebramos muy unidas a la del Papa, para pedir con alma y corazón el cese de las guerras y la instauración de la paz en todo el mundo, una paz verdadera que sólo puede venir del que es Señor de la Paz. Entre el silencio y los cantos, las hermanas que prepararon esta oración nos animaron a acercarnos al costado hendido en el altar de nuestra Iglesia de la Reconciliación, meter nuestra mano en él y pedir la paz La paz que Jesús nos entrega es un grito de paz que brota del corazón. Por eso, en el momento de las peticiones pedíamos al Señor, entre otras cosas, que nos ayude a dejar de lado cualquier disputa; que conceda su Paz al mundo, asediado por las guerras; que Su inmenso Amor por nosotros nos transforme el corazón; que quienes tienen armas en sus manos, las abandonen; que los dirigentes busquen la paz a través del diálogo. Nuestra oración terminaba con la escucha del mensaje del Papa León XIV que, momentos antes, había pronunciado durante la Vigilia por la Paz celebrada en Roma. “Nada puede encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando, aniquilando la vida, sin derecho y sin piedad”, decía el Papa, quien añadía: “¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. […] Volvamos a creer en el amor, en la moderación, en la buena política. Formémonos y comprometámonos en primera persona, cada uno respondiendo a su propia vocación. ¡Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz!”.
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