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LIV Járis: “El Verbo se hizo carne”

24/12/2024

 

El misterio de la Navidad

El LIV Járis, que tenía lugar el fin de semana del 14 y 15 de diciembre en pleno tiempo de Adviento, trataba sobre el misterio de la Navidad.

En la primera charla, a cargo del Padre Agustino Gonzalo Tejerina, se centró en ‘El Misterio del Nacimiento’, en la que pudimos ahondar en la Encarnación como Misterio fundamental del cristianismo.
Gonzalo Tejerina explicaba, entre otras cosas, que “en la Anunciación queda representada por primera vez la Trinidad”, donde se recuerda especialmente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Pero, ¿por qué se encarnó el Hijo y no el Padre? Porque, según explicaba Tejerina, si nos fijamos en el misterio salvífico, en Jesús “tenemos el nuevo y definitivo rostro de Dios: el Abbá”. El Hijo vino a este mundo a compartir su don filial con los hombres. La Palabra se hizo carne para traer la verdad, para decir que Dios es Abbá-Padre.
Por otro lado, el Padre Gonzalo subrayaba que la Encarnación es el abajamiento de Dios, mostrando su compromiso, su amor por el mundo. En este sentido, el misterio cristiano de la Creación sólo se entiende desde la Encarnación, ya que “Dios crea el mundo al cual va a venir”.
Asimismo, “el Nacimiento es la eclosión del misterio radical que es el Hijo eterno en el seno de María”, explicaba Tejerina.
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​‘El Misterio de la Maternidad’ llevaba por título la charla de Madre Prado, en la que señalaba que, para comprender al Hijo –verdadero Dios y verdadero hombre— hay que comprender a la Madre. El Concilio de Éfeso dejó claro que en Cristo están las dos naturalezas: Dios y Hombre, por eso, María es la Madre de Dios –Madre de Dios y del Hombre—.
En este sentido, Madre Prado profundizaba en lo que significó ser Madre de Dios para María. En primer lugar, al ser concebido, nos revela a una Madre llena de ternura. “La ternura es la capacidad que tenemos de ver lo que es tierno y abrazarlo. Cubrir lo que no tiene piel. […] La ternura materna tiene la capacidad de abrazar”, decía Madre Prado.
En segundo lugar, ser Madre de Dios significó para María estar a la estatura del Hijo, es decir, inclinarse ante Él. María tiene la capacidad de estar con su Hijo en todas las circunstancias, incluso, al pie de la Cruz. “María es una maternidad a la altura del Hijo de Dios”, explicaba Madre Prado.
En tercer lugar, la compañía. “La Madre ama siempre, es un amor sin retorno. […] La maternidad rompe la lógica humana: se pone al servicio del menor”, decía Madre Prado.
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​Por su parte, Madre Carolina se centraba en ‘El Misterio de la Epifanía’, haciendo alusión al significado de epifanía como manifestación de lo sagrado, donde la luz se abre camino, donde lo sagrado se deja ver. Por eso, el 6 de enero tiene una perspectiva de plenitud, de manifestación de lo divino.
 
En este misterio de la Epifanía podemos contemplar la manifestación de la gloria de Dios en su Hijo, a través de la Encarnación.
Asimismo, no se puede pensar la Creación sin la Encarnación, entrando en la dimensión de la divinización, en la realización del plan divino sobre lo creado. “Todo reacciona ante la presencia de Dios. Dios se hace hombre para que el hombre pueda hacerse Dios. Él se hace mortal y nos hace a nosotros eternos”, explicaba Madre Carolina.
 
También hay dos signos creacionales que se relacionan con esta teofanía: la luz y el agua. Cristo se presenta como luz. En la epifanía, la estrella es la luz que guía en la noche. Y, junto a la luz, el agua. Donde hay agua, hay vida y, tanto la luz como el agua son símbolos del Bautismo.
 
En este misterio de la epifanía también encontramos la universalidad de la Salvación porque Cristo ha venido a salvar al mundo.
Por otro lado, queda patente la realeza de Cristo, ante el que todos se postran. Una realeza que se manifiesta en la epifanía en forma de misericordia hacia todos.
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Por último, la Adoración de los Magos y los dones que le llevan al Niño Jesús son un gesto de abajamiento, de reconocimiento de estar ante el rey, el Señor, Dios mismo.
 
Además de las claves, en este encuentro Járis también hubo tiempo para poner en común lo meditado sobre las charlas, así como para rezar juntos en la Liturgia y en la Eucaristía.

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