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Las hermanas comparten la huella que ha dejado en sus corazones la visita del Papa León a España

10/6/2026

 
Durante los próximos días queremos compartir con vosotros los testimonios de nuestras hermanas sobre lo vivido durante la visita del Papa León a Madrid. Han sido jornadas de gracia, comunión y profunda alegría eclesial que han dejado una huella especial en nuestros corazones.

A través de estas sencillas reflexiones, cada hermana pondrá palabras a los encuentros, emociones y llamadas que el Señor nos ha regalado en estos días, para que juntos podamos seguir acogiendo y profundizando en este acontecimiento de gracia para la Iglesia.
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Testimonio Hna. Carolina
​Querido Papa León,
tu presencia por las calles de Madrid ha sacado a la luz una belleza escondida que nos cuesta percibir en lo cotidiano. Tantas veces nos movemos y transitamos los mismos espacios que tú has visitado estos días, pero traídos y llevados, absorbidos, por las preocupaciones cotidianas sin mirar más allá, sin alzar la mirada.
Pero estos días todo se había esclarecido. La sonrisa era el saludo primero entre los que nos cruzábamos por las calles y, después, nos regalábamos unos a otros la amabilidad de la palabra, del gesto de deferencia, del cuidado especial hacia los pequeños, los ancianos, las mamás que han sido valientes y han salido a verte con sus bebés en brazos. No sé si lo sabes, pero ha habido una paciencia gigantesca en las colas de horas que se llenaban no de quejas sino de cantos, rezos y esperanza.
Éramos tantos, tantos, muchos conocidos y muchísimos desconocidos, pero todos hermanos, comulgando el mismo Cuerpo y la misma Sangre, hechos uno solo. Hemos sido bendecidos por el don de la unidad.
Esta belleza de la fe me ha conmovido, era el humanismo integral al que nos has llamado hecho ya realidad, era el testimonio de humanidad que tú nos pedías en la Vigilia: ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias sino rostros fiables. Sed humanos como lo es Cristo.
Así vuelvo a casa, llena de gratitud, alabanza y esperanza por esta luz y belleza de Dios que habita secretamente en nosotros y que tu presencia humilde y fuerte, querido Papa León, padre y hermano, ha avivado entre nosotros. Gracias                                                                                      Hna. Carolina 
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Testimonio Hna. Mariola
De la visita del Santo Padre a Madrid me gustaría resaltar un momento que, a priori, puede parecer que no tenga demasiada importancia; sin embargo, como en tantas ocasiones, Dios te espera en el lugar y el momento más insospechados.
Para mí, el momento más importante fue el tiempo que pasamos en la puerta de la nunciatura.
Acabada la Eucaristía y tras una larga caminata bajo un sol de justicia, llegamos con mucho tiempo por delante a la puerta de la nunciatura apostólica y allí nos sentamos a esperar. Llegamos aún con la emoción de ver más de cerca al Santo Padre y, a pesar del enorme calor, el cansancio y la falta de sueño, los ánimos y las expectativas estaban muy altos.
Pasamos varias horas mirando el edificio que estaba frente a nosotros, aprovechando para reponer fuerzas, charlar con quien aún no habíamos podido coincidir y comentar las sensaciones que nos habían dejado los encuentros de días anteriores… Las horas seguían pasando y nosotros no parábamos de mirar la acera de enfrente, esperando que algo sucediera. Porque, como de costumbre en estos casos, nadie sabe cuándo va a pasar algo, ni siquiera qué es lo que va a suceder exactamente.
Pero allí seguíamos todos, grandes y pequeños, mirando al frente y esperando ver aparecer al Papa en cualquier momento, siempre en la acera de enfrente.
Las horas se hacían interminables, pero los más entusiastas coreaban cantos, lemas y oraciones sin parar, manteniendo alto el ánimo de todos.
Para cuando apareció el Santo Padre, yo, como todos los demás, llevaba un par de horas de pie, apretujada contra una valla y afónica de tanto gritar. Pero, por fin, anunciaron que el Santo Padre iba a salir. Y lo hizo, en el coche blindado, por lo que lo único que pude ver de él fue su brazo saludando por la ventanilla.
Lo primero que surgió en mí fue un sentimiento de decepción. Después de haber pasado tantas horas allí, no habíamos visto nada.
Sin embargo, cuando el grupo se estaba despidiendo, noté que todos íbamos contentos.
No fue hasta pasadas unas horas cuando me di cuenta de que el verdadero acontecimiento que a todos nos había levantado el corazón no había sucedido en la acera de enfrente, sino en el lado de la calle donde nosotros estábamos.
Allí habíamos estado “los de siempre”, aquellos con los que se nos ha regalado vivir nuestra fe en el día a día. Entre nosotros hubo mil gestos de cariño, de generosidad, de entrega; cada uno, con sus dones y cualidades puestos al servicio de los demás, hizo que los días pasados juntos fueran caldeando el corazón de todos.
Me di cuenta de que la vida de cada uno es el gran regalo que hace posible celebrar la fiesta de la fe. Estos días hemos vivido nuestra fe en las mismas calles por las que todos hemos pasado mil veces: celebrábamos ver en las pantallas los mismos rostros que vemos a diario en la universidad, en el trabajo; nos hemos encontrado con amigos y vecinos que vemos continuamente, y cada encuentro ha sido una fiesta. Porque, haciendo caso al lema que se nos proponía, todos teníamos la mirada alzada.
Por esto sí que puedo decir: ¡GRACIAS, SANTO PADRE!, por venir a recordarnos que vivir con la mirada levantada es el único modo de poder disfrutar del derroche de vida que pasa ante nuestros ojos en el día a día, en nuestra acera, y que aquellos que nos rodean son testigos de que lo extraordinario sucede a través de pequeños gestos y encuentros cotidianos.
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Testimonio
​Hna. María Lombardero
De todos los momentos que hemos vivido durante la visita del Papa León a Madrid, el que más ha tocado mi corazón ha sido, sin duda, la Vigilia con los jóvenes. Ver reunidos a tantos jóvenes con el deseo sincero de encontrarse con Cristo ya era, de por sí, algo emocionante. Además, para muchos de ellos era la primera vez que participaban en un encuentro con el Papa, y en sus rostros se podía percibir la alegría, la ilusión y el agradecimiento por estar viviendo un momento tan especial.
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No fue solamente por la belleza del encuentro o por la cantidad de personas reunidas, sino por algo mucho más profundo. Me llegó especialmente al corazón la invitación que nos hizo el Santo Padre a hacer silencio para poder escuchar a Dios. En medio de un mundo que corre constantemente, que nos llena de ruido, de mensajes y de preocupaciones, escuchar al Papa recordarnos que necesitamos detenernos para encontrarnos con el Señor fue para mí una llamada muy fuerte y muy actual.

Sentí que aquellas palabras iban dirigidas personalmente a mi corazón. Como tantas veces nos recuerda san Agustín, Dios nos espera dentro de nosotros mismos, pero para descubrirlo necesitamos entrar en nuestro interior. El Papa nos invitó precisamente a eso: a salir de las prisas, a no vivir siempre hacia fuera y a recuperar espacios de silencio donde Dios pueda hablarnos.
Pero quizá lo más impresionante fue lo que sucedió después. Cuando comenzó la adoración eucarística, aquel mensaje se hizo realidad. Miles y miles de jóvenes permanecimos en un silencio que todavía hoy me emociona recordar. Un silencio lleno de Dios. No era un silencio vacío, sino de presencia. Miraba a mi alrededor y me impresionaba ver a tantos jóvenes y familias con niños pequeños a su lado recogidos, rezando y adorando al Señor con una sencillez y una profundidad que hablaban por sí solas.

Creo que fue uno de esos momentos que permanecen grabados para siempre en el corazón. Y si hubo una imagen que resumió lo que allí vivimos, fue escuchar a toda aquella multitud de jóvenes cantar al unísono, con fuerza y convicción: «Tú, el único Rey que tiene que reinar». En ese instante experimenté una inmensa esperanza para la Iglesia. En una sociedad que muchas veces parece incapaz de detenerse, contemplar a tantos jóvenes haciendo silencio ante Jesús y proclamando juntos su fe me recordó que Dios sigue tocando los corazones y despertando en todos nosotros el deseo de algo más grande, bello y verdadero que permanece para siempre.

Regreso a mi comunidad y a la vida cotidiana con un deseo renovado en el corazón: seguir cultivando ese silencio orante y contemplativo que nos permite encontrarnos con Dios en lo profundo de nosotros mismos, y ayudar también a otros a descubrirlo. Vuelvo con la certeza de que este silencio, lleno de presencia, no nos aparta de la vida, sino que nos ayuda a vivirla con más profundidad, esperanza y sentido; y con el deseo de compartir con otros este camino hacia una vida interior que sostiene, transforma y llena el corazón de verdadera alegría.
Testimonio Hna. Virginia
​El domingo, 7 de junio de 2026, día del Corpus Christi, las hermanas nos dirigíamos por
la mañana, temprano, a la zona que teníamos asignada para participar en la Misa
presidida por el Papa León XIV en Madrid.
Riadas de personas se dirigían a sus respectivos lugares. En ese momento, me invadió
una gran alegría, me sentí formando parte de una gran familia porque todos los que
estábamos allí caminábamos hacia un mismo centro: Cristo Resucitado nos convocaba a
la Eucaristía.
Nadie era ajeno, todos eran prójimos dentro de una Iglesia llamada a abrir sus puertas, a
alzar la mirada.
En su homilía, el Papa León XIV animaba a España a que nuestra fe no sea privada, que
la religiosidad de este país, que la Iglesia, sea una escuela de fe que nos enseñe la
gratitud del amor. También nos invitaba a volver siempre al Señor con corazón sincero.
Jesús Eucaristía es esa eterna fuente que está escondida, decía el Papa.
Doy gracias a Dios por haber podido ver, escuchar y acompañar al Papa León XIV
durante su visita a Madrid.
Su Espíritu ardiente, su presencia serena, su carisma agustiniano, sus palabras reflexivas
y acertadas han sido un soplo de vida, de fe y de esperanza.
Como decía el Papa: “Que el Señor Jesús nos haga pan partido”.
¡Gracias al Señor por el Papa León XIV!
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Testimonio Hna. Karol
​Tengo que comenzar diciendo que es la primera vez que participo en un evento como
este. Al ser de Costa Rica, siempre lo he vivido en la distancia, delante de una pantalla.
Nunca me imaginé que viviría una experiencia tan especial en primera persona, pues
años antes solo podía imaginarlo escuchando la experiencia de otros.
Tenía mis temores de participar, pero me dije: y ¿por qué no? Y, sin más, me lancé a la
aventura. La verdad es que me gustó ver que, a pesar del calor y el cansancio de la
espera, el ambiente fue de alegría en el Señor, la Iglesia de Cristo, en su forma más
sencilla, hecha un solo corazón y una sola alma, recibiendo con el corazón ensanchado
al testigo de Cristo: el Papa León. ¡Cuánto cariño, respeto, silencio y acogida! Se me
encogía el corazón viendo a una España que aún cree, la España de la que nosotros
hemos recibido la fe, y que se esfuerza en que esta fe no decaiga. En estos días me
venía a la memoria la frase que inició mi camino vocacional: “QUE SEAMOS UNO”. Esta
frase vino a mi corazón una mañana de domingo, a mis 17 años, y se ha quedado ahí
hasta el día de hoy. En aquel entonces no lo entendí, pero, después de lo vivido estos
días, puedo decir: Gracias, Señor.
Tengo la dicha de decir ¡¡¡he visto al Papa!!! Y, aún más, pensado que es mi hermano
agustino, mi familia.
Podría decir más pero que quedo con esto: el Papa León XVI es el Papa de la Esperanza
que ha hecho vibrar el corazón de España.
Gracias Papa León, gracias hermano en San Agustín.
Testimonio Hna. Fátima
“SED CHISPA DE UNA NUEVA HUMANIDAD. ¡SED HUMANOS!”
Como joven madrileña, en estos pasados días, fue imposible no vibrar ante la
presencia de Pedro en Madrid. La vigilia con los jóvenes fue para mí un momento de
gracia, ¡el inicio de tantos otros que han acompañado estos días! Mientras escuchaba
al papa León, escuchaba a Jesús. Como los discípulos de Emaús, ahora me pregunto,
¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba? Mi corazón ardía mientras nos
hablaba acerca de la verdad y la libertad: “Este es nuestro modo de vivir: los discípulos
de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa.
¡Somos libres en Cristo! Y Cristo nos ha liberado con su amor. Gracias a este amor,
somos siempre libres frente a toda coacción y engaño”.
También es precioso reconocer constantemente, en el trasfondo de sus palabras, la
huella agustiniana desde la cual hace universal nuestro carisma concreto como Orden.
Hace unos años, la llamada a la interioridad me cambió la forma de relacionarme con
Dios, descubrí un mundo nuevo en mi corazón aún por explorar. “Si ardéis en la fe,
transmitiréis su fuego vivo. ¡Buscad todos en vuestros corazones este fuego del amor
de Dios! Pues ahí está la presencia de Jesús”. Y también: “el joven cristiano, en efecto,
se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad
porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar
que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder”.
Durante la vigilia, me iban reconfortando cada una de sus palabras, hasta que llegó el
broche final, en sus últimas palabras, nos llamó a los jóvenes a una misión, y ahí el
corazón brincó, mi corazón inquieto reconoció como propia esa llamada que nos
proponía: “quiero confiar a todos vosotros una misión: que seáis humanos. Sí, ¡sed
humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables.
Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada
día (…) Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que
comparte con nosotros la historia en todo tiempo.
Gracias santo Padre, y hermano, por su visita a Madrid, ojalá sepamos encarnar en
nuestra vida este deseo de libertad y nueva humanidad que nos ha dejado sellado en
el corazón.


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Testimonio Hna. Sofía
Tendría muchísimas cosas que destacar de la visita del papa León XIV: momentos de oración, conversaciones, gestos, encuentros, palabras, pero, sin duda, las palabras que siguen resonando en eco en mi corazón después de estos días de dejar reposar lo vivido en Madrid, son unas que refirió a los jóvenes en la vigilia: Sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva. ¡Qué emocionante fue escuchar esto rodeada de tantísimos jóvenes! Pido al Señor que sea así, que podamos ser nosotros mismos chispa de una humanidad nueva, signo de la magnífica humanidad de Dios. ​
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Testimonio Hna. Mónica
La juventud que no entiende de edades
La visita del Papa León XIV a España en este mes de junio me ha traído inevitablemente el recuerdo de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid en 2011. Hacía quince años que un Papa no visitaba España y tuve la gracia de vivir aquel acontecimiento con mi comunidad. En aquel momento era profesa temporal y me encontraba en plena etapa de formación religiosa, viviendo esos años con la ilusión y la entrega propias de quien está dando sus primeros pasos en la vida consagrada. Recuerdo las calles repletas, la alegría contagiosa y la certeza de estar participando en algo que superaba nuestras propias historias.
Hoy he seguido este nuevo encuentro desde Estados Unidos. La distancia física no ha impedido sentirme profundamente unida a mis hermanas que han participado presencialmente en los distintos actos y celebraciones. A través de ellas y de las retransmisiones, también me he sentido presente.
Durante estos días he recordado unas palabras pronunciadas por el cardenal Juan José Omella en la vigilia de los jóvenes celebrada en Barcelona: «Esta es la juventud del Papa: juventud acumulada, juventud del presente y juventud del futuro. Todos somos jóvenes hoy con el Santo Padre que conecta con nosotros». Esa reflexión encontró un eco inesperado en nuestra comunidad de New Lenox. Las personas que más entusiasmo mostraban por no perderse ningún momento del encuentro no éramos las más jóvenes en edad, sino dos hermanas de 88 y 91 años, Sister Mary y Sister Carmen. Seguían cada intervención, cada gesto y cada imagen con una ilusión admirable, una alegría que terminó contagiándonos a todas.
Quizá ahí resida una de las enseñanzas más hermosas de esta visita. La verdadera juventud no se mide por los años, sino por la capacidad de dejarse sorprender, de mantener viva la esperanza y de seguir caminando con ilusión. He visto esa juventud en los miles de personas que han acompañado al Papa, pero también en el brillo de los ojos de dos religiosas ancianas que esperaban con emoción cada retransmisión.
Los discursos y mensajes del Papa tampoco han dejado indiferente a nadie. Sus palabras han sido una invitación a la esperanza, al encuentro y a una fe vivida con autenticidad. Pero han hablado también sus gestos: la cercanía con la gente, la atención a quienes se acercaban a saludarle y las bendiciones impartidas a tantos bebés durante estos días son imágenes que permanecerán en la memoria de muchos.
Estoy convencida de que su paso por España dejará huella. Permanecerán los grandes actos y las palabras pronunciadas, pero también esos pequeños gestos que revelan la cercanía de un pastor y su capacidad para tocar el corazón de las personas.
Al mirar atrás, desde aquella etapa de formación en la que viví con emoción la JMJ de Madrid hasta este presente, ya como hermana de votos solemnes, en el que sigo el encuentro desde el otro lado del Atlántico, descubro un mismo hilo conductor: una fe que se transmite de generación en generación y una alegría que no entiende de edades.
Gracias, Papa León XIV, por recordarnos, con tus palabras y con tus gestos, que el Evangelio sigue despertando ilusión y esperanza en el corazón de tantas personas.
 
Hna. Mónica Alonso​
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Testimonio M. Prado
Su mirada. Cuando veo la fotografía del pequeño Bob a la puerta de la Catedral de Chicago, junto a su madre y a sus hermanos, su rostro de adolescente, su mirada de joven agustino o de misionero o de Obispo entre las sencillas gentes de Perú... reconozco la misma mirada en el hombre de hoy, la del Santo Padre León XIV. Es la mirada de un hombre bueno, humilde, inteligente, observador, reflexivo, acogedor, un corazón hecho para la escucha... ¿Son gestos de una persona tímida? No tanto, más bien de alguien discreto, que no desea ser el centro, que no le interesa lucir y, por tanto, no sobreactúa, ni busca el aplauso, ni el reconocimiento… Que se ve a sí mismo como un instrumento del Amor de Dios hacia todos y ese será su modo de presentarse y de presentar el Evangelio de Quien le envió.
 
Desde que le conozco me ha parecido verle siempre igual, evidentemente con más experiencia, madurez, soltura, dominio de la situación, libertad… pero, sin nada extraño a lo que siempre ha sido.
 
Estos días, en España, me ha conmovido profundamente verle como Obispo de Roma, Pastor, Siervo de los siervos, Papa. Me parecía increíble que la misma persona con la que debíamos tratar temas de espiritualidad, de organización, de discernimiento comunitario e institucional, ahora sea una persona para todos, debida a todos, a la Iglesia y al mundo, más allá de los límites de una Orden, Provincia religiosa, Comunidad.  
Y, junto al sincero y profundo afecto, la gratitud por todo lo que ha hecho por nosotras y por la Orden, la admiración y respeto que le profeso, veo que la Iglesia, el mundo, también le quiere, le acoge, le escucha, espera tanto de él. Y, esto me produce mucha alegría porque necesitamos personas como él, en medio de nosotros, trayéndonos la Palabra de Dios, el Evangelio, llamándonos a construir el Reino amando, amando sin descanso y concretamente, sobre todo a nuestros hermano más pobres y necesitados.
 
Creo que el Dedo de Dios se ha posado sobre un buen discípulo del Señor. Será un Apóstol que nos señale luminosamente el Camino y nos acompañe humilde y sabiamente por la senda de la Unidad y de la Verdad.
 
M. Prado

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Testimonio Hna. María Isabel
​Doy gracias a Dios por lo vivido con el Papa León XIV estos días pasados. 
El Papa ya ha vuelto a Roma dejando una huella en nuestros corazones. Pude unirme a la Orden Agustina en la Nunciatura, estrechar su mano, saludarle y acoger las palabras que nos dirigió como un hermano a sus hermanos. Es una gracia inmensa e inmerecida, sus palabras fueron de fe, esperanza y caridad, un resonar de nuestra vida contemplativa, invitándonos al silencio porque sólo desde el silencio podemos escuchar a Dios. Con su serenidad, con sus gestos, con sus palabras claras, profundas y precisas, el Papa ha sorprendido a muchos. 
Gracias, querido Papa León XIV por movernos a alzar la mirada hacia Cristo.
                       Hna. María Isabel
Testimonio
​Hna. Clara Martínez
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¡Cantad al Señor! (Sal 95)
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Una semana después de la visita del Papa a Madrid, sigo canturreando las canciones que han sonado estos días y, a través de ellas, recordando y dando gracias por todo lo que la Iglesia ha vivido, entregado y recibido. ¡Cómo no creer y confesar que Dios está vivo y que es Él quien mueve cada corazón!
 
De tanto que podría recoger, quiero compartir la experiencia de participar en el Coro Joven de la Vigilia. Cientos de voces distintas cantando unidas al mismo Dios, ¿no es eso la Iglesia?
 
Me resultó sugerente recibir en el primer ensayo la bendición de los misioneros, porque nuestra música iba a ser instrumento del que Dios pudiera servirse para anunciar al mundo su Palabra. Y así se vivió cada ensayo, sabiendo que aunque buscásemos crear belleza, el fin último era alabar a Dios. Cantamos porque nos hemos encontrado con Jesús y queremos transmitir la alegría de vivir en Él y para Él.
 
Descubrir el backstage de la Vigilia ha sido una catequesis, pues ahí he visto con mis propios ojos la levadura del Evangelio: muchísimas personas que anónima y discretamente han trabajando en lo oculto día y noche para que la Iglesia de Madrid pudiera rezar unida y disfrutar de la presencia del Santo Padre.
 
Además, cada encuentro y reencuentro con los jóvenes del coro y la orquesta ha sido un espacio de Gracia donde hemos compartido la música, la fe y la vida. Como dijo el Papa en uno de los encuentros: ¡El ritmo del Evangelio es contagioso! Y entre estos hermanos he experimentado la dicha de habernos dejado contagiar por este Amor.
 
Doy gracias a Dios por regalarme vivir esta experiencia junto a mis hermanas, quienes me han transmitido que Dios es Belleza y Comunión. Ellas me enseñan a ofrecer mis dones con humildad y alegría al servicio de Dios y de su Iglesia.
 
¡Cantemos al Señor, toda la Tierra!
 
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Testimonio Hna. Monserrath
Los días vividos en comunidad junto a nuestro Papa León han sido un verdadero regalo de gracia y bendición. Hemos sentido la presencia del Espíritu Santo y la alegría de caminar juntos como Iglesia.

Me ha conmovido especialmente la presencia fiel y cercana de los laicos, cuyo cariño y compromiso hacia nuestra comunidad de hermanas nos hacen sentir una sola familia.

Destaco lo que nuestro Papa nos invitó a redescubrir: el valor del silencio para encontrarnos con la verdad de nuestro corazón y crecer en una humanidad más auténtica y abierta a Dios.

La procesión del Corpus fue un momento de gran emoción: ver al sucesor de Pedro llevando a Jesús para bendecir a un país que transita por momentos de dificultades, pero también lleno de personas que buscan seguir a Dios.

Mi corazón solo puede dar gracias a Dios por este don tan hermoso. Ahora estamos llamados a profundizar todo lo vivido y compartirlo con los demás como testigos de la esperanza del Evangelio.

Hermana Monserrath de la Eucaristía.
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Testimonio Hna. Andrea
​Este fin de semana hemos sido testigos de una Iglesia viva, alegre, numerosa, cercana... que sale a las calles y a las plazas para acoger, ver y escuchar a su pastor, que nos reúne a todos para vivir y expresar nuestra fe. 
 
León XIV nos ha impulsado a seguir caminando como Iglesia, nos ha confirmado en la fe, y nos ha convocado para así reconocernos unos a otros como hermanos. 
 
Para mí ha sido una experiencia eclesial preciosa marcada por la esperanza que brota al ver miles y miles de católicos reunidos - y unidos. 
 
"¡Ved qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos!"
 
                                 Hna. Andrea

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