“CUANDO SEA ALZADO SOBRE LA TIERRA ATRAERÉ A TODOS HACIA MÍ” Jn 12, 32 Queridos Hermanos y amigos, paz y unidad en el zaguán de esta Pascua en la que acompañaremos al Señor y a los hombres de nuestro tiempo en su Pasión, Muerte y Resurrección. Tenemos pasión por la distancia, parecemos estar apasionados por desterrar de nuestra tierra o del mapa a otros, los diferentes, los que me atacan, los que me afrontan. El mal menor es la creación de las fronteras, de las separaciones, porque lo grave es que esa distancia que nos imponemos se defiende con la violencia, el odio, las armas… hasta la muerte. Pero ¿no somos seres relacionales, hechos para la unidad, para el amor? ¿No ha habido un Evangelio que ha dado la dimensión exacta de lo que somos y estamos llamados a amar sin límites, incluso a nuestros enemigos? Si Dios es Amor y hemos sido creados por Él, su Amor nos atraerá a Sí. Nos reunirá y saciará nuestra escasez; dará sentido al dolor y justificará una vida ofrecida por los otros; y será promesa de vida eterna, porque anhelamos ser amados, pero con un Amor vivo, para siempre. Esto es lo que celebramos en cada Pascua. “Cristo, Rey de la Paz, clama de nuevo desde la cruz: ¡Dios es amor! ¡Tened piedad! ¡Deponed las armas! Recordad que sois hermanos y hermanas.[1]” 1. ATRAÍDOS A LA MESA DE LOS TRES PANES. “He querido vivir esta Pascua con vosotros” (Lc 22, 15-20). El Señor quiso vivir la Pascua con sus amigos y REUNIRLOS EN TORNO A ÉL para partir el Pan y repartirlo entre ellos, así cumplía los deseos profundos del corazón humano. El primero: venir de la distancia a la unidad, a la fraternidad, a la Comunión. “Como el pan que partimos, en otro tiempo diseminado por las colinas, está llamado a ser uno[2]”. Los que fueron convocados a esa Mesa eran sus amigos, era la Pascua de la Amistad. Después, esa Pascua sería más universal, más completa pero ya era la Mesa de la caridad perfecta[3]. Y el segundo deseo del corazón humano: reunirse a compartir un Banquete, un Festín en el que se entra no sabiendo bien hasta qué punto nos amamos, y lo llegamos a descubrir al participar y comer el pan. El Señor reunió a sus amigos en la MESA DE LOS TRES PANES para que conocieran el Amor de Dios de un modo definitivo. Ese Pan que partieron era abundante, un maná nuevo que nunca cesaría de darles Vida en abundancia. No se acabaría nunca ya ese Pan porque “Ese pan no se termina; antes bien, terminará él con tu indigencia. Es pan, y es pan, y es pan: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo... Aprende esto tú y enséñalo. Vive tú de él y alimenta al otro. Dios, que es quien da, no puede darte cosa mejor que a sí mismo[4]". Si esto es así, podemos decir que LA EUCARISTÍA ES COMO UN MONTE TABOR en el que al hombre se le revela el Amor de la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No sólo hay una plenitud de relaciones y una abundancia de dones, sino que se nos concede una Luz que traspasa nuestro ser y lo transforma. Se trata de la TRANSFIGURACIÓN EUCARÍSTICA. En ella se nos dará una nueva Ley y Profecía (cf. Jn 13, 34-35), y Él nos vuelve a pedir que no “hagamos tres tiendas” sino que bajemos de ese Monte, salgamos, para llevar la Luz recibida a quienes no tienen ese Pan ni esa Luz y gritemos que “Dios es Amor”, Tres veces Amor. A la Mesa Pascual hemos sido invitados todos, junto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y, por eso, es una MESA FAMILIAR, DE AMISTAD, Y TAMBIÉN UNIVERSAL, en la que todos quedamos saciados porque es el Amor de los Tres quien lava los pies, la preside, la sirve, se hace alimento y se entrega. ¡Cómo desearíamos que, en esa Mesa a la que la Trinidad nos da cita, no faltara nadie y estuviésemos todos! 2. ATRAÍDOS POR UN AMOR QUE DA LA VIDA. Los óleos de Marc Chagall expresan el horror de una crucifixión, espejo de la convulsión social del mundo: hombres y mujeres huyendo, rapiñas, soldados, animales heridos, inocentes expiando las culpas de otros, estallidos de bombas; todo ello en colores ardientes o en blancos y grises, amarillos o malvas. Ese sufrimiento inútil que traen consigo todas las guerras, que trae el odio, el poder sin límites, el enfrentamiento de hermanos… el ostinatto más brutal de la historia humana[5]. En medio de todas estas escenas pende una Cruz con un Crucificado. ¿Qué podrá justificar tanto dolor como padecemos, qué ungüento precioso podrá sanar tanta herida como llevamos en el cuerpo y en el alma? ¿Cómo un sufrimiento tal puede ser motivo de esperanza? ¿Qué poderosa razón puede ocultar el horror de la Cruz para convertirse en una fuerza gravitatoria, capaz de atraer y salvar? Él asumió el universal sufrimiento y mostró la universalidad de la esperanza en el Amor, ya no oculto, sino visible, escandalosamente visible porque aparece en una rotunda desfiguración hasta el punto de que siendo visible es irresistible seguir viéndolo, rozando la invisibilidad y arrostrando, incluso, la incredulidad (cf. Is 53, 3). Sin embargo, no nos dejará indiferentes ese Amor que dará sentido a la vida y al sufrimiento y, por ello, será motivo de fe y de esperanza. Dios atrae al hombre hacia sí haciéndose próximo a nosotros (Encarnación), identificándose con nosotros, menos en el pecado, y por sobreabundancia, dándonos todo y dándose a sí mismo[6]. Su Amor Crucificado, hasta un punto indescriptiblemente paradójico, nos atraerá ELEVÁNDONOS, ALZÁNDONOS del barro, de nuestras ruinas, de todas nuestras caídas, del desamor y la indignidad. “Cuando yo sea alzado sobre la tierra atraeré a todos hacia Mí” (Jn 12, 32). Porque Cristo nos atrae hacia el Padre levantándonos hasta la estatura de su Amor sin condiciones y sin retorno. Su Muerte en Cruz nos ha puesto en pie, a su estatura (stabat), como María al pie de la Cruz y como el Juan de los Calvarios románicos y góticos. Dejarse alzar por Él sin resistencia alguna es vivir en el don del abandono y de la pasividad, dejarse reconciliar, como la samaritana o como la adúltera, que es alzada del polvo y liberada de las piedras gracias al que la elevó, la restauró y la dignificó. Es dar la vida para elevar de toda miseria al hombre que la sufre, y hay abismos de miseria infinitos a los que nadie baja a rescatar. Es “entrar más adentro, en la espesura”[7] de la Cruz, en el secreto de la Cruz (cf. 1Co 1, 22-25) hasta descubrir que el misterio de su Amor está en querer salvarnos a través de la aparente debilidad de un Cordero, llevado al matadero, que no abrió la boca frente a sus enemigos (cf. Is 53, 7). Y todo por un Amor absoluto que es sobre el que gravita la vida del hombre, del mundo, de la Iglesia. Como si esa Cruz alzada fuera un eje sobre el que gira la Verdad más meridiana, sin sombra alguna. La Cruz del Hijo no ha resuelto los problemas del hombre, pero ha abierto el camino que lleva al Padre, ha arrancado el aguijón a la muerte, al dar su Vida por nosotros[8]. Por tanto, dar la vida por los hermanos para que conozcan al Padre, hacerse camino para que otros vayan a Él, vivir el Evangelio de las Bienaventuranzas y perder la vida, hasta consumirse y dejarse consumir, es el gran mensaje de la Cruz que salva. No salva el sufrimiento si no es por el Amor que es el que da sentido a todo, a la alegría y a la tristeza, al sufrimiento y a la dicha, al trabajo y a las relaciones, a las persecuciones y al empeño sincero por un mundo como Él pensó… Sólo el Amor salva. 3. AL FIN, ATRAÍDOS POR UN CORDERO HERIDO Y EN PIE (Ap 5, 1-7). Entre la Cruz y Pentecostés, dos anástasis nos relatan el fin último del hombre: la resurrección y la ascensión. Porque hay una tercera manera de atraer: mostrando el destino final: La Vida en Él y ante Él. Por Su Resurrección, Él nos coge del brazo y nos arranca de la muerte; por Su Ascensión, nos hace elevar los ojos hacia donde Él va y nosotros iremos (cf. Jn 14, 1-6). La Transfiguración de la Eucaristía y la Desfiguración de la Cruz son los pasos previos para la Configuración con Cristo y nuestra Comunión con Él y, en Él, con todos. El Políptico de Gante o La Adoración del Cordero Místico (1432), la obra maestra de Hubert y Jan van Eyck en la Catedral de San Bavón (Gante), dibuja la escena descrita en el Apocalipsis, ejemplo claro de la paradoja cristiana: el Cordero degollado y en pie, es decir, Vivo, reúne definitivamente a todos y a todo: el cosmos, la vida desde siempre, las multitudes humanas de ayer, de hoy y de mañana, estarán ahí, junto a los ancianos de vestiduras blancas, ante el Cordero y ante El que está sentado en el Trono, cantando Aleluya. Así será, todo el cosmos, todos los hombres, la Iglesia peregrina, la expectante y la triunfante rodearán a este Cordero en pie. Él es el que nos reúne y reconcilia en sí las cosas del cielo y de la tierra, llevándolas a una comunión más allá del tiempo y del espacio. El destino final será ESTAR ANTE ÉL, EL CORDERO EN PIE[9]adorando, dando gloria y cantando juntos el Aleluya final. Y lo que será es lo que ya hemos de vivir pascualmente en nuestra vida ordinaria. ¡Feliz Pascua! M. Prado, Presidenta Federal Federación de la Conversión de san Agustín [1] León XIV, PP., Homilía Domingo de Ramos, 2026. [2] Didajé 9, 4 [3] cf. san Agustín, Serm 385, 8. [4] san Agustín, Serm 105, 3. [5] Chagall, Mi vida, Acantilado 103, Barcelona, 2012 [6] M. Prado, Confluirán hacia Él todas las naciones, Carta de Comunión de la Pascua de Navidad, 2025. [7] San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, Canción 36, Anotaciones 13. [8] cf. Benedicto XVI, PP., Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Encuentro, Madrid, 2011, cap. II. [9] R. Guardini, El Señor, Cristiandad, Madrid, 2025, p. 627.
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